lunes, 30 de mayo de 2005

Por la boca muere el pez

Hace unos meses, cuando reventaron los escándalos de corrupción, veíamos a nuestro Presidente llenándose la boca de basura, como si de él hubiera dependido el descubrimiento de los distintos casos. La verdad es que ni Abel Pacheco ni su gobierno hicieron nada por desenterrar y colgar al viento los trapos sucios de la corrupción. A lo sumo, ayudaron por omisión: hay que reconocer que tampoco hicieron nada por encubrir los hechos para proteger a sus “amigos”. Y algún mérito tiene eso.

Por eso, ahora que La Nación no tiene nada mejor que hacer que sacarle al propio Presidente sus trapitos sucios (ejemplo #1, ejemplo #2, ejemplo #3) tengo una serie de sentimientos encontrados que me tienen en un estado de confusión total, la cual se verá reflejada en este artículo.

No siento alegría, porque nunca he sido uno que se regocijara en la pena ajena (excepto cuando pierde la Liga). Tampoco siento enojo hacia don Abel, porque creo que lo que le han sacado hasta ahora son pichuleos sin trascendencia. No me gusta el papel que juega La Nación en esto, y sin embargo creo que tiene la justificación perfecta para sacar a ventilar hasta esas cochinadas menores, porque han agarrado al Presidente en la mentira (lo cual ya es hábito para don Abel).

Por un lado, aunque no me alegra que le estén tratando de arruinar la reputación, siento que se lo tiene merecido, por haber hecho leña del árbol caído. Muy iluso, don Abel creyó que al condenar tan alegremente a los expresidentes y entrometerse en lo que era materia estrictamente judicial, se estaba comprando la buena voluntad de La Nación. Creo, sin embargo, que La Nación tiene agenda propia y no se alía con ningún gobernante de turno, excepto para cuestiones meramente coyunturales y pasajeras. Creo que el Presidente se encumbró en la opinión pública a partir de que se adueñó del tema de la corrupción, y eso a La Nación no le sirve.

Creo además, que La Nación no tiene una onza de buena voluntad. Me parece que este es un escándalo fabricado; que a don Abel le están pasando alguna factura. Me incomoda que La Nación haga una campaña orquestada para manchar la reputación de un hombre que peca más de ingenuo que de ratero. Al lector habitual de La Suiza Centroamericana le consta que este servidor tiene una pésima opinión de la labor que desempeña don Abel, y ninguna tolerancia hacia su hábito de mentir. Una cosa es criticar su labor y su pobre desempeño, otra muy diferente es destruir a la persona simplemente porque no congeniamos con él.

Cuando hace unos días empezaron con los pichuleos de don Abel, pensé que ni siquiera me debía de molestar con este tema. Pero conforme pasaron los días, el modus operandi de La Nación me hizo recordar aquella frase que no recuerdo quién pronunció, a propósito de la barbarie nazi de la segunda Guerra Mundial:

“Primero vinieron por los judíos, pero como no soy judío, no dije nada. Luego vinieron por los comunistas, pero como no soy comunista, no hice nada. Luego vinieron por los gitanos, pero como no soy gitano, tampoco hice nada. Más tarde vinieron por los homosexuales, pero como no soy homosexual no me importó. Finalmente vinieron por mí, pero ya no quedaba nadie a quien le importara”.

En La Suiza Centroamericana no condonamos la corrupción, ni siquiera cuando se trata de cuestiones menores. Las reglas están para respetarse (al menos eso esperamos de nuestros gobernantes), y quien las haya transgredido debe de pagar por ello. Sobre todo quien se ha burlado de sus propias reglas, como en este caso don Abel. Pero igual sentimos que lo están jodiendo por pichuleos. Que están siendo más papistas que el propio Papa. Que esta es una persecución para demostrar que toda la clase política cabe en la misma olla de la corrupción, con el objetivo de promover quién sabe qué parte oculta de su agenda.

Lo peligroso del poder mediático es que, a diferencia del político, no se somete al escrutinio de la población como si lo hacen los políticos en los procesos electorales. No tienen que revelar su “programa de gobierno”, ni quién los financia, ni cuáles son sus objetivos. Si algo debemos de tener claro, es que los medios de comunicación colectiva nunca son 100% objetivos, que su labor siempre refleja los intereses y creencias de sus propietarios o dirigentes. Y eso no es necesariamente malo, pero el lector debe de entender que en un medio que, como La Nación, ha proclamado públicamente tener agenda propia (aunque no la haya revelado), lo que se publica y cómo y cuándo se publica no es obra de la casualidad.

Sin embargo, y a pesar del sinsabor que nos deja la forma en que La Nación maneja el tema de la corrupción, hay que entender también que por la boca muere el pez. Porque si hay algo que rescato de este curso de eventos es que una vez más se haya desenmascarado al Presidente como el mentiroso patológico que es. A mí nunca me han gustado los políticos que se autoproclaman honestos y honrados; esos que ponen cara de "yo no fui" son los peores. Cae en esa categoría nuestro actual Presidente, pero también el santo José Miguel Corrales y el beato Otón Solís. Espero que el electorado se de cuenta de ello a tiempo.

Con Abel Pacheco tenemos la mejor demostración de la sabiduría de aquella máxima bíblica:

Por sus actos los conoceréis.

7 comentarios:

  1. Ayer decía Mario Redondo que el presidente podrá meter las patas pero nunca las manos, alegando que son ingenuidades de don Abel recibir baratijas, esta vez en papel, a cambio de entregar un pedacito de patria libre de trámites.

    Serán bagatelas, pero la mujer del César no solo debe ser decente sino también parecerlo.

    A la vez quisiera saber qué tanto le cobra La Nación...

    ResponderEliminar
  2. Sole, concuerdo plenamente con vos, la mujer del César debe ser honesta y aparentarlo. Por eso decía, don Abel se tiene merecida esta persecución de La Nación. Si yo supiera qué es lo que le cobra LN a AP, sería uno de ellos y no de La Suiza Centroamericana!!!

    Para que mis lectores vean el estado de confusión que todo esto me genera, les recomiendo dos artículos de opinión que salieron en La Nación de hoy, diametralmente opuestos en su valoración de este "affair", pero en mi opinión igualmente válidos. Uno es de don Rafael Carrillo, y el otro de don Jorge Guardia.

    ResponderEliminar
  3. ¡Tan ingenuos ustedes! La Nación promueve la candidatura de Oscar Arias, y le están ayudando a limpiar la cancha. Este escandalito es para terminar de pasearse en el PUSC, por si acaso Ricardo Toledo hubiera podido llegar a montar un verdadero desafío a la candidatura del ungido de Llorente.

    ResponderEliminar
  4. la candidatura de Toledo nació muerta... para mí que es algo más grande.

    ResponderEliminar
  5. No es del todo descabellada la teoria de nuestro anónimo colaborador. Entre más se jodan al PUSC, menos diputados va a sacar, y tal vez el PLN capte buena parte de esos votos. ¡Más diputados, menos difícil gobernar! ¿Razonable?

    ResponderEliminar
  6. ¿Se acuerdan del choricito de las impresoras de La Nación que fueron "vendidas" por $2 millones a un banco para arrendarlas de regreso en forma de "lease", con el pequeño inconveniente de que las mismas maquinitas luego fueron revendidas por $5 millones y el monto del lease más bien bajó? Ese fue una movida para defraudar al fisco. A La Nación no le debe de haber gustado que le sacaran ese trapito sucio...

    ResponderEliminar
  7. UUUUUUYYYYYYY. Se está poniendo peluda esta vara!!!!

    ResponderEliminar